5 GRANDES MITOS SOBRE EL VATICANO

Por Revista Rayo de Luz, el July 23, 2018

5 GRANDES MITOS SOBRE EL VATICANO

/// Resulta una tentación no tratar de escarbar un poco en la buena literatura de ensayo cuando algo sucede en el Vaticano, como la elección de un papa, y emerge el ejército de voces de los tertulianos y expertos de último minuto que exigen iluminados y casi a gritos los cambios y el rumbo que debe tomar el nuevo pontífice.

El reverendo Thomas J. Reese es un teólogo jesuita que decidió hace unos años escribir un libro fascinante sobre el Vaticano, (Inside Vatican, Harvard University Press). Siempre he leído sus artículos, y en uno de ellos nos cuenta los clichés que se repiten machaconamente una y otra vez, sobre todo en tiempos de nuevo pontífice, como es el caso del Papa Francisco, jesuita para más señas.

EL VATICANO
ES UNA CRIATURA

Seguro haz escuchado estas cosas: «El Vaticano cree», «El Vaticano piensa» «El Vaticano tiene miedo de…» frases erradas completamente. Es como decir, «República Dominicana piensa…» o «República Dominicana asegura»… un completo absurdo. El Vaticano es un estado, no un ente único. La gente cuando lee esto se piensa que todo el mundo en el Vaticano viste y piensa de la misma manera, y actúa de la misma forma. Un gran error. Si algo es el Vaticano, es un mundo diverso en el que, a veces, conviven opiniones contrapuestas.

El Rev. Reese nos lo explica con un ejemplo: La Congregación para el Culto Divino y los Sagrados Sacramentos siempre ha velado para que en las misas la celebración sea solemne y sobria. Pero la Oficina de las Celebraciones Litúrgicas del Supremo Pontífice, que organiza las misas del Papa, permite incluso los bailes modernos, algunos de los cuales tienen una coreografía parecida a los espectáculos de Broadway, según nos cuenta Reese. La primera sorpresa es que en un mundo cerrado y opaco hay diversidad de opiniones y pareceres.

CONTROL
ABSOLUTO

El Papa no es una figura magnética que ejerce un control absoluto sobre todo los demás. No hay control mental. Ni poder absoluto. En un estado donde se fabrican miles de documentos, en una burocracia de las más complejas del mundo, la idea de un personaje controlando todo como fuente omnipotente no solo resulta ridícula, sino imposible. Se dice que uno de los personajes máspoderosos es el Secretario de Estado del Vaticano, pero lo cierto es que muchas de las oficinas del Vaticano, operan de forma bastante independiente.

Y a veces, la mano izquierda no sabe lo que está haciendo la derecha. Hay descoordinación. Como en cualquier empresa compleja. O el gobierno de cualquier país. ¿Por qué nos resulta eso tan sorprendente? Solo hay que ver nuestro propio gobierno, o los anteriores gabinetes.

Por muy novelesco que parezca, nos dice este teólogo jesuita, la idea de grupos de personajes que están intrigando o conspirando todo el día contra el poder papal no deja de ser un cliché novelesco. Evidentemente, en un mundo tan diverso pueden coexistir puntos de vista contradictorios, que gustarán a unos menos que a otros. Pero en ese mundo no existen ángeles o demonios. Buenos o malos. Quizá un matiz mucho más fascinante de grises. Y ambiciones. Como en cualquier otro lugar.

EL
SECRETO

En una sociedad obsesionada con la transparencia, el secreto es algo que no vende y está mal visto, sobre todo en política. El Vaticano se percibe como un mundo que oculta celosamente sus secretos. Para la gente de la televisión, para nuestros políticos que salen al paso de los casos de corrupción que les persiguen los talones, todo el mundo tiene ahora que hacerse transparente. Pero el secreto forma parte de nuestra condición humana tanto como la biología. Ni siquiera los peces de colores de los acuarios son completamente transparentes.

Yo no salgo a la calle a gritarle a la gente mis secretos, pero eso no significa que sea un mentiroso. San Agustín, uno de los mayores filósofos y pensadores de la historia, era partidario del secreto: sólo tenía que revelar la verdad ante Dios, no tenía obligación de hacerlo ante los hombres, pero eso no significaba que fuera un mentiroso. ¡No contar la verdad no significa que estemos mintiendo! Y lo cierto es que toda organización que se precie, como cualquier gobierno o incluso cualquier ONG, tiene su nivel de secretismo.

El Vaticano –y aquí estoy incurriendo en la falta del primer cliché– goza de la ventaja de no tener leyes que le obliguen a revelar los secretos, tal y como ocurre en muchas sociedades democráticas (y en éste último caso, siguen existiendo secretos).

Reese narra el caso de los asesinatos de unos componentes de la Guardia Suiza acontecidos en 1998. Los asesinatos y crímenes en el Vaticano son algo excepcional (los robos son más comunes en los turistas, por culpa de los carteristas). Los casos de los guardias suizos fueron investigados por la oficina judicial del Vaticano, pero los resultados no fueron hechos públicos, puesto que no tenían obligación legal de hacerlo.

El Vaticano como estado tampoco es muy bueno a la hora de mantener los secretos como tales, de acuerdo con la experiencia de Reese. Hay filtraciones.

Lo que sucede es que nos parece todo más impenetrable y misterioso porque allí se hablan en realidad tres idiomas, no solo uno: la burocracia papal habla italiano; hay también un lenguaje especializado para tratar asuntos sobre la historia, las escrituras, la teología, las leyes canónicas y la liturgia; y por último, existe un argot de la curia romana acerca de su psicología, su propia cultura y modos de abordar. Por no mencionar el latín.

En un mundo tan indescifrable a ojos del observador externo, es inevitable que todo nos parezca misterioso y oscuro. Por eso el Vaticano es un caldo perfecto de cultivo para novelistas que quieran evocar la palabra «misterio».

LA
RIQUEZA

Para la mayoría, la curia romana y los papas han nadado en piscinas plagadas de tesoros, oro nazi, joyas de un valor incalculable. «¡La Iglesia es rica!» es lo que dicen, «El Vaticano nada en la abundancia», vociferan. Pero la realidad es bien distinta. El presupuesto anual del Vaticano ronda los 260 millones de dólares, cifra más o cifra menos. Puede parecer mucho dinero, pero una universidad como la de Harvard, por ejemplo, maneja varias veces esa cantidad (unos 1300 millones de dólares).

La Comunidad de Madrid maneja un presupuesto de unos 18.000 millones al año y el presupuesto anual de República Dominicana en este 2017 es de 15,040.14 Millones de Dólares. Reese calcula que los edificios del Vaticano en conjunto podrían suponer unos 770 millones de euros. Es una cantidad notable, pero tampoco para echarse las manos a la cabeza. ¿No creen?

¿Y las incalculables obras de arte? Los Museos Vaticanos albergan unas 18.000, entre ellas La Piedad de Miguel Ángel, los frescos de Rafael o la Capilla Sixtina. ¿No debería la Iglesia desprenderse de esas obras y dar el dinero a caridad? Es posible que personas como Carlos Slim o Bill Gates pudieran pagar con parte de sus fortunas estas obras inmortales y sin precio. De acuerdo. Pero ¿de verdad queremos que esas maravillas pasen a formar parte de la colección privada de un multimillonario para que las disfrute, si quiere, en su salón? Por no mentar el hecho de que la conservación de todas las maravillas del Vaticano cuesta una fortuna cada año.

LA AMBICIÓN
SIN LÍMITES

El último mito de Reese se refiere a esa imagen que nos es tan familiar: el Vaticano es como una trampa enorme llena de obstáculos, un laberinto lleno de engaños. Todas las decisiones que allí se toman tienen el mismo objetivo: impedir el avance de alguien en particular, o facilitarle el acceso al poder, subiendo un escalón tras otro. Pero no será por los sueldos. Los puestos equivalentes a los de los vicepresidentes de las grandes compañías tienen un salario en el Vaticano de poco más de 20,000 dólares anuales.

El Vaticano tampoco es lugar para que uno se haga famoso. Aunque es un río de voces, lo cierto es que las iniciativas y los documentos suelen sepultarse en el anonimato. Todo allí transcurre de forma mucho más lenta, ya que la institución tiene su propia voz y no habla al público a través de sus propias y brillantes mentes. Si uno acude al Vaticano para coger fama, lo más probable es que termine en el anonimato.

Fuente: ION, Corriente Alterna | Edición 26

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